camino tortuoso y laberinto cerrado.
La pobre, la indigna se masturba con versos,
desbordantes es lo que erizan el desconsuelo
de la desdicha.
Es mi amante nocturna.
Un corazón roto que vaga siempre
Inmunda por el desamor.
Su frágil mirada nubla su tertulia inocencia,
siempre anda erizando el silencio
al espanto de su propio infierno.
Su misterio agudo, no es más que un mundo confuso,
una perdida de identidad obstaculizada
por una adolescencia tardía.
Algo siempre la ensucia, su rostro inquieto y verdugo.
Ese espíritu poco elocuente, pero algo excitante
viola en sí misma los reflejos nocturnos
de cada embriaguez desecha en el tormento.
Ellos, los que la buscan por objeto y no como
un deseo inocente, se va perdiendo en aquella
tristeza de la necesidad moribunda.
Su clave rocío, su muerte simbólica va atacando
al suicidio de una noche buena.
Esa falta de cordura, y su pasión fluida
por aquella corriente de la conciencia,
quiebra los tímpanos de los sordos
que dicen siempre escuchar lo que su corazón
condena en su ciegues sin umbral poética.

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